ENTRE NIEBLAS – CAPÍTULO I

 

El joven cruzó la calzada corriendo para que un camión no le salpicara. Saltó por encima de un charco y cayó en la acera, con cuidado de no patinar. Continuó caminando, mirando al suelo, y no advirtió que un hombre esperaba para cruzar. Chocó con él y los libros y papeles que llevaba salieron despedidos.

—Perdona —se disculpó el joven—, ¿estás b…?

No terminó la pregunta, sorprendido por el uniforme repleto de galones. Miró a su alrededor y descubrió a otro tipo, alto y fuerte, con la mano bajo la chaqueta.

—¿Te has hecho daño? —preguntó el militar, haciendo una señal tranquilizadora a su acompañante.

—No, estoy bien. Perdona, iba distraído.

Vio a una niña morena, de ojos azules, grandes y vivos, que se llevó la mano a la boca y rió por el golpe de los adultos.

—No te rías. El chico se ha podido hacer daño —le reprendió el militar, su padre.

El otro hombre se había retirado unos metros, pero continuaba vigilante.

—Estoy bien —repitió el muchacho, recogiendo los libros.

La niña se agachó a ayudarle y de pronto se llevó la mano izquierda a la cabeza.

—Papá, he olvidado mi libro.

—¡Vaya! Pues venga, corre… Vete a buscarlo.

—Ahora vuelvo —dijo, y se volvió hacia el extraño con una sonrisa.

El militar observó cómo su hija entraba en la vivienda. Después miró al desconocido, que ya había recogido los libros.

—Buena suerte —se despidió.

El joven se sentó en un banco para ordenar los papeles. Algunos estaban mojados y la tinta comenzó a correrse. Sacó un pañuelo del bolsillo y trató de secarlos. El guardaespaldas pasó junto a él con cara de pocos amigos, molesto por el susto. Ya no llevaba la mano bajo la chaqueta, convencido del choque fortuito. Se acercó al militar y ambos cruzaron la carretera.

El joven volvió a guardar el pañuelo y se levantó cuando la niña salió de la vivienda. Ésta llevaba un pequeño libro de texto en la mano derecha y corría para reunirse con su padre. La contempló al pasar junto a él. Miró más allá de la calzada y vio al guardaespaldas abrir la puerta del coche mientras el militar, antes de entrar en la parte trasera, le hacía señas a su hija para que esperase.

—¡Todavía no…!

Una explosión retumbó y una gran llamarada se extendió desde el vehículo. La onda expansiva arrastró todo a su paso. Los cuerpos de la niña y el joven se elevaron del suelo y fueron despedidos contra un muro, como si una mano gigantesca los aplastara. Y los cristales de decenas de viviendas se rompieron y comenzaron a llover del cielo, produciendo un sonido siniestro.

 

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