MÁS ALLÁ DEL MAR – CAPÍTULO I

 

El capitán subió las escaleras del viejo edificio a la cabeza de cinco hombres. Su mano izquierda portaba un candil que iluminaba sus pasos y alargaba las sombras. La diestra bordeaba la empuñadura de su espada, que descansaba colgada del cinto. Se giró y acercó el índice a los labios para indicar silencio, aunque todos ascendían con sigilo. Las maderas se quejaban suavemente bajo sus pies y nada más se escuchaba. Cuando alcanzó el primer piso, un pequeño roedor se cruzó en su camino y desapareció asustado. El capitán lo siguió con la mirada por un instante. Después observó el estrecho pasillo que se abría frente a él, caminó hasta la tercera puerta y esperó a que sus hombres se situaran a ambos lados. Mirando a uno de ellos asintió con un ligero movimiento de cabeza. El soldado dio un paso atrás, tomó carrerilla y se arrojó sobre la puerta con el hombro por delante. La cerradura cedió y todos entraron en tropel con las espadas desenvainadas.

En el interior un hombre dormía sobre un jergón. Se incorporó sobresaltado, aún enredado por un inquietante sueño, y alargó la mano hacia su daga. En el instante en que la sintió entre los dedos, el capitán le acertó un puntapié y la perdió. Intentó incorporarse de nuevo y defenderse, pero ya entonces tenía la punta de una espada en el gaznate, otra en mitad del estómago y dos ballestas apuntándolo. El capitán le obligó a levantarse y acercó el candil a su rostro.

―¿Es este? ―preguntó a un anciano enjuto que había entrado tras ellos.

―Lo es.

―Bien ―casi susurró el capitán, y entregó sin más la lámpara a uno de los suyos.

Entonces, en un movimiento ágil y rápido, se giró sobre sí mismo y golpeó al hombre en la boca del estómago, con tanta fuerza que este cayó sobre sus rodillas.

―Date por preso.

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